domingo, 4 de junio de 2017

Reverón, la locura, los psiquiatras y el arte.

Prólogo del libro Los Laberintos de la Luz




Estimados Liponautas


Hoy domingo le acercamos el prólogo del libro Los Laberintos de la Luz. Reveron y los psiquiatras. El texto que podrán leer aquí fue realizado por el escritor valenciano Pedro Téllez. Desde esta entrada podrán descargar el libro y saborear comodamente su lectura desde su dispositivo de preferencia.

Deseamos disfruten de la lectura de la entrada y del libro.

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Prólogo

Refiere George Steiner que al traducir a Villon, Thomas Nashe había escrito: “... a brightness falls from her hair” (un resplandor sale de su cabello); el impresor isabelino se equivocó y escribió: “... a brightness alls from the air” (un resplandor sale del aire), ¡que se ha convertido en uno de los versos talismánicos de toda la poesía en lengua inglesa!

Es decir, que un error tipográfico, de transcripción, crea la innovadora imagen de la luz en el aire. Y ahora nos preguntamos qué está detrás de a luz de Reverón, que tanto interés ha despertado en críticos de arte y psiquiatras. ¿Será acaso el spaltung, desdoblamiento de las funciones psíquicas (que menciona Bleuler como una de las características más importantes de las esquizofrenias), desdoblamiento como errata, en la tipografía mental?

Castillete antes de 1999

Algunos psiquiatras ven en esa luminosidad un síntoma; otros, más bien una cura: Para Moisés Feldman, Reverón buscó en la luz el afecto que no tuvo en sus padres, y la falta de ese afecto parental le lleva a refugiarse en El Castillete. Rafael López Pedraza llama locura solar a lo blanco. José Solanes precisa: “La luz es lo que desea darnos a ver: eso que hace ver, la luz, eso quiere que veamos. Frente a la luz que ilumina y la luz que hace, es por la que hace que Reverón se decide”, e invitando el psiquiatra a que entremos en el cuadro dice: “Si la luz fuera penetrable, nos veríamos obligados en su claridad a caminar a tientas”. Para Rauskin “los objetos resultan un inicial pretexto para pintar la luz”. Báez Finol, su médico tratante, expone: “La época blanca de Armando, su renuncia al color, tiene explicaciones que, aunque aparentemente distintas, entrañan la misma raíz original en el mundo del subconsciente reveroniano. La fragmentación de su cuerpo, dividido en dos mitades a las cuales atribuía condiciones diferentes, lo desligaba de signos intelectuales superiores y le permitía hacer una elaboración artística a base de elementos completamente primitivos: pintar la luz que es representación de lo blanco, lo puro.

La Cueva. Armando reverón. 1920


Por otra parte, Reverón hacía abstracción de su propia sensualidad para verterla completamente sobre el lienzo”.

En relación con lo que entendemos por trastorno mental hoy, y la avanzada postura de los psiquiatras que escribieron sobre Reverón, casi cercana a la antipsiquiatría, es útil revisar la reciente edición de un manual diagnóstico: “Un trastorno mental es un síndrome caracterizado por perturbaciones clínicamente significativas en la cognición, emoción o conducta de un sujeto que refleja una disfunción en los procesos psicológicos, evolutivos y biológicos que subyacen a las funciones mentales. Los trastornos mentales están frecuentemente asociados a distrés significativo o discapacidad social y ocupacional o de otras actividades importantes de la vida. Una respuesta esperable o culturalmente aceptada a un estresor cotidiano o a una pérdida, como la muerte o una ruptura amorosa, no constituyen un trastorno mental. Una conducta de disidencia social (política, religiosa o sexual) o conflictos que son primordialmente entre un individuo y la sociedad tampoco constituyen un trastorno mental, a menos que sean el resultado de una perturbación como la señalada anteriormente” (traducción del Dr. Carlos Rojas Malpica). En la obra de Reverón (en la pintura y más en sus objetos y El Castillete) observamos una conducta de disidencia artística y un conflicto entre el individuo y la sociedad, pero que no son el resultado exclusivo de un trastorno mental. Pero también es evidente que padecía un trastorno que ameritó varias hospitalizaciones, con perturbaciones en su conducta, reflejo de una disfunción psicológica o biológica subyacente. Reverón escapa a clasificaciones como la del Manual diagnóstico y estratégico de los trastornos mentales (DSM5): ¿Cómo valorar la discapacidad social y ocupacional del artista más significativo de la primera mitad del siglo XX venezolano?¿Qué mejor ejemplo de disidencia artística y de conflicto entre el individuo y la sociedad que el del pintor de El Castillete? Que su obra no es producto de su perturbación es un acuerdo casi unánime de los psiquiatras que la comentan desde 1955.




Entonces tal vez sea necesario acudir a una de las primeras clasificaciones. En el Fedro de Platón dice Sócrates: “Hay dos formas de locura: la una que se debe a enfermedades humanas; la otra, debida a un trastorno divino de las reglas acostumbradas”. Y luego las clasifica: “La divina la dividiremos en cuatro partes, correspondientes a cuatro dioses, atribuyéndole a Apolo la inspiración adivinatoria; a Dionisos la música, a las Musas la poética, y a Afrodita y a Eros la cuarta. La locura de los enfermos por una parte, y la locura divina por la otra, la adivinación, la música, el arte y el amor”.

En Reverón la locura de los enfermos y la locura poética de las musas se complementan, y así lo destaca la mayoría de los psiquiatras que comentan cómo su obra rehabilita y reestructura al Yo. Reverón trataba de romper el aislamiento a través de la comunicación que posibilita la pintura o la fabricación de los objetos artísticos: comunicación conmigo mismo y con el otro.

José Solanes

Solanes concluía: “Si estuvo enfermo Reverón, digamos que la enfermedad lo protegió al quitarle todo afán por el aplauso inmediato y las recompensas en dinero; fue su dolencia lo que le dio la oportunidad de cultivar su parte de cordura y, sin pretender que se le comprendiera, el téson de perseverar hasta lo genial en la creación”. Si la enfermedad ayudó a su arte, así mismo el arte compensó su padecimiento. Feldman comenta la relación de arte y psicopatología que en Reverón fue autoterapéutica: “Creemos que el estilo de vida que escogió Reverón a partir de 1920, refugiándose en lo que sería posteriormente El Castillete, buscando cierto aislamiento y rodeándose de muñecas, animales, creando una atmósfera teatral, puede darnos las claves de una forma personal de terapia que el pintor ideó, en una atmósfera estimulante, creativa y al mismo tiempo la más apropiada para lograr un equilibrio en su salud mental”. El tercer elemento a considerar es la relación de Reverón con la psiquiatría y lo señala Calzadilla en su  ensayo Locura y sociedad: “Fue gracias a la intervención de la psiquiatría por lo cual Reverón alcanzó al fin una dimensión pública que se le regateaba. El problema de salud no es primero que el arte, pero está de por medio entre la obra y su creador”. Para Calzadilla, el informe del Dr. Báez Finol presentado en forma de conferencia en el Museo de Bellas Artes, en 1955, es uno de los discursos más lúcidos que sobre Reverón se han redactado. Esa exposición tendría lugar un año después de que Reverón fallece “víctima de la sociedad”.


Actualmente interesan tanto la pintura como los objetos, rituales y su estilo de vida.


En la última y más amplia retrospectiva de Reverón realizada hasta la fecha, la exposición de la Galería de Arte Nacional en 2013, bajo la curaduría de Juan Calzadilla, los objetos, documentales y fotografías ocupaban igual o mayor espacio que su obra pictórica. Entre los objetos, las muñecas despiertan un interés especial del público y la crítica más allá de la condición de modelos para su pintura. Las muñecas y juguetes empiezan a ser vistos como esculturas de materiales sencillos y a la espera de un discurso crítico, comparable al de su obra pictórica. Se ha hecho mucho énfasis en la interpretación de su delirio que divide su cuerpo en dos, una pura superior y una impura inferior, en relación con su pintura blanca. Pero hay también un delirio que ha sido poco comentado y que podría relacionarse con su obra como conjunto en la creación de un universo propio, y es el delirio de la androginia presente en su crisis de 1945.



Refiere en su informe Baéz Finol que Reverón ejecutaba continuos movimientos circulares dando vueltas sobre sí mismo a la derecha y a la izquierda, diciendo al mismo tiempo “yo no recuerdo cuándo actuaba como hombre y como mujer”, y luego girando a la izquierda expresaba “ahora soy hombre” y después girando a la derecha vuelve a decir “ahora soy mujer”.


Pedro Téllez
Recordemos que el término “andrógino” es tomado del griego y resulta de la combinación de las raíces “andro” (masculino) y “gyn” (femenino). El andrógino es el símbolo de la identidad suprema. Mircea Eliade hace una revisión del mito del andrógino, concluyendo que existe una profunda insatisfacción del hombre por su situación actual, sintiéndose desgarrado y separado de su unidad original. Esta separación constituye como una ruptura a la vez en sí mismo y en el mundo, sintiendo el deseo de recobrar esta unidad perdida, que es lo que pudo empujar  a Reverón en su delirio, y luego, ya sano, a concebir los opuestos como aspectos de una realidad única, pintando mujeres y paisajes, creando un nuevo mundo de objetos y animales en El Castillete. Recordemos que Freud, en el caso Schreber, describe el delirio de transformación en mujer de su paciente, que sucede con el fin de conseguir una fecundación encaminada a la creación de nuevos hombres.

Juan Liscano

Hasta aquí los psiquiatras. Como contrapeso o complemento del discurso psiquiátrico en esta compilación preparada por Juan Calzadilla, principal crítico de arte venezolano, se incluyen textos de grandes ensayistas como Juan Liscano, en cuya obra se elabora un profundo retrato de Reverón, nos adentra en su historia personal y su mundo mágico, al igual que en el punto crucial acerca de la amistad con Ferdinandov; cómo se desarrollan las influencias del artista ruso en buena parte de las extravagancias del Reverón de El Castillete, sacándolas del terreno de la psicopatología y reubicándolas en las comarcas del arte moderno.

Pedro Téllez

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