miércoles, 31 de mayo de 2017

"Estoy escribiendo desde los 14 años, pero tú sabes que eso no se considera trabajo en este país"

Entrevista al escritor venezolano ANÍBAL NAZOA.



ANÍBAL NAZOA

Estimados Liponautas.

Hoy es miércoles, día de los estrenos cinemátograficos en Venezuela y de las entradas inéditas en el blog. Compartimos con ustedes esta entrevista que alguna vez estuvo colgada en la red y que rescatamos para preservar y difundir la memoria nacional.
Deseamos disfruten de la estrada.
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ANÍBAL NAZOA | 13 DE MAYO DE 1968 



"Ser intelectual equivale a una forma de rendición" 







—¿Por qué Obras incompletas?



—Por dos razones: la primera, porque siendo un libro didáctico, sólo contiene fragmentos de obras a manera de ejemplo para los aspirantes a escritores. Y la segunda: porque yo soy eso que llaman un escritor “de garra” (agarrando aunque sea fallo) y por lo tanto aspiro a que algún día se publiquen mis obras completas. Pero como las obras completas por lo general, no se publican sino después de muerto el autor, yo le pongo ese título a mis trabajos para desilusionar a los que están esperando que yo me muera para publicarme sin pagarme derechos de autor. Y además, para que sepan que lo viene es enea…


Zapata
—¿Por qué es Zapata quien ilustra tus Obras incompletas?


—Me extraña mucho esta pregunta: si tu trabajas en El Nacional y sabes muy bien que aquí, como decir Ford respecto a sus carros negros, se puede escoger cualquier ilustrador siempre y cuando sea Zapata. Además, como tú comprenderás, yo no iba a escoger a otra persona para estar soportando el doble macán de ver a Zapata todos los días y oír a la gente diciéndome: ¿“Por qué no le pediste las ilustraciones a Zapata, que es tan bueno?”




—¿Qué influencias reconoces en tu obra?


—¿Cuál obra? Para decirte la verdad, yo estoy influenciado (¿o influido?) por todo lo que he leído. No puedo leer nada sin quedar influido (¿o influenciado?); por eso no me he lanzado a escribir una novela: ¿Tú sabes lo que es versw demandado por Cervantes, Joyce, Jonathan Swift, Dos Passos, Alejo Carpentier, García Márquez y quien sabe si hasta por Argenis Rodríguez, aunque esto último lo dudo…


—¿Desde cuándo estás en el oficio?


—Desde nunca. Yo jamás he tenido oficio conocido. Estoy escribiendo desde los 14 años, pero tú sabes que eso no se considera trabajo en este país. Trabajé en El Morrocoy Azul y he contribuido a provocar la clausura de prácticamente todos los periódicos humorísticos que han existido en Venezuela. Por eso me considero, modestia aparte, un maestro en el arte de faltarle el respeto al a autoridad.






—¿Es cierto que eres un políglota?


—Absolutamente falso. Lo que pasa es que yo leo a Shakespeare en inglés y a Maupassant en francés, para que crean que yo hablo esos idiomas, y además, por el gusto de quitarle el pan de la boca a los traductores en nombre de sus víctimas.

Julio Flores



Interrogado en torno a la situación actual de la novela venezolana, Aníbal Nazoa respondió:


—Creo que la novela venezolana es —para decirlo con palabras inmarcesibles de Julio Flores— un muerto escapado de la fosa. Los autores de la resurrección son, en mi opinión, Salvador Garmendia y Adriano González León. De este último puedo decir, arriesgándome a que crea que le estoy adulando, que este país portátil todavía no ha tomado conciencia del gran novelista que tiene en él y se ha limitado a festejarlo por el fácil lado del premio internacional (y perdón por el telegrafazo).


Adriano González León

Si hay un calificativo que Nazoa rechaza con firmeza, es el de “intelectual”:

—Ser intelectual —afirma— equivale a una forma de rendición. A cada rato le están preguntando a uno “¿dónde está tu obra?” y uno se ve obligado a vender sus gustos, sus preferencias y, actualmente, hasta su vida intima. Cuando uno se mete a intelectual, ya no puede oír a Bach y a Frescobaldi, porque le da la gana sino porque eso, el gustar de la música, es mercancía. No puede comerse un mondongo porque nadie cree que es porque le gusta el mondongo, sino por echárselas de popular. Definitivamente, yo prefiero que me consideren como “un tipo que escribe” y se acabó.



—Volviendo a las obras incompletas, ¿qué te propones con ese libro?

—¿Aparte de ganarme unos reales?...

—¡Habla en serio, por favor!

—Hablando en serio, mi propósito de enseñar a los lectores a escribir obras de todo tipo, mediante ejemplos claros, sencillos y técnicamente perfectos, no es ninguna broma.

—La burla es demasiado evidente en las Obras incompletas. ¿De quién pretendes burlarte?

—Me niego a responder esa pregunta. Me acojo al precepto constitucional. Como dato, sin embargo, el hecho de que las Obras incompletas no son lo que se llama corrientemente pastiches; es decir, imitaciones de tal o cual autor, sino de los géneros literarios. Saca pues tus conclusiones. Pero, por favor, no las publiques, porque me podría ir muy mal.

Frescobaldi


—¿Por qué no se ha escrito en Venezuela la verdadera novela del petróleo?



—Porque todavía queda mucho petróleo en Venezuela.


—¿Has leído a Kafka?

—¿Por qué me lo preguntas?, ¿se me nota mucho?



—No; es que me extraña que no lo hayas mencionado entre tus influencias…


—Pues te diré: como leerlo, lo he leído. Ahora, en cuanto a leerlo leerlo, la vedad es que lo leí, pero no lo he leído. Es decir: le he leído, aunque sin dejar de leerlo como quien lee a conciencia de que el leer no esta en la mera sino en el….


Decidimos interrumpir al autor de Obras incompletas, a la espera de la aparición del libro: la disertación kafkiana de Nazoa habría podido llevarnos demasiado lejos… a ninguna parte.



Tomado de El Nacional

domingo, 28 de mayo de 2017

Francisco de Miranda traspapelado


Estimados Liponautas



Hoy tenemos el inmenso gusto de compartir con ustedes otro texto de nuestro amigo Carlos Yusti donde hace una acercamiento al más reciente libro del escritor valenciano Pedro Téllez: Los Diarios de Viajes de Francisco de Miranda





Deseamos disfruten de la entrada.

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Sábado 4 de Marzo de 2017 

En nuestro santoral de héroes patrios Francisco de Miranda ocupa un nicho un tanto movedizo. Es uno de esos héroes incómodos y globalizados (su efigie se encuentra en el arco de triunfo de París, sin mencionar sus hazañas eróticas con Catalina la Grande y su extraño cofrecito en el que coleccionaba vellos púbicos de todos los colores y formas, amén de su impecable defensa ante el tribunal del pueblo durante la revolución francesa que le permitió conservar la cabeza sobre sus hombros). Por supuesto también tenemos ese famoso cuadro de Arturo Michelena que lo mineraliza en una pose de estudio fotográfico (Eduardo Blanco posó como modelo). Miranda se encuentra recostado en un camastro desvencijado por el uso. En una mesita hay poquísimos libros. Miranda observa al espectador. Tiene una mano en la barbilla. Su rostro sereno le proporciona un aire de romántica derrota. Un ágrafo mirando a los ojos de la inmortalidad.



Eduardo Blanco

Un escritor, Denzil Romero, le ha dotado con mucha carne pasionaria de personaje aventurero y novelesco. Los historiadores por su parte lo ficcionalizan y lo devuelven con su acartonamiento respectivo y a la larga resulta un bostezo de página histórica y allí está como un héroe funambulesco, especie de ágrafo que adorna algún billete en nuestro cacareado cono monetario.

No obstante Francisco de Miranda era todo lo contrario. Fue un lector brutal y también escritor. Su diario es una radiografía del mundo que le tocó en suerte, es la escritura de su periplo existencial, de sus andanzas, pero sobre todo de sus ideas y de sus lecturas. El escritor Pedro Téllez bucea, con su libro El Diario de viajes de Francisco de Miranda, en ese hombre que fue un aventurero, un militar y un héroe, pero que al mismo tiempo fue una escritura.




El libro no es una biografía de Miranda ni nada que se le parezca, y en el mejor sentido es un estudio desplazado del Miranda trotamundos que va registrando en sus diarios todo lo que ve y todo aquello que le toca de cerca. Es una pesquisa erudita sobre el archivo de Miranda, sobre ese gran cúmulo de papeles que contienen la memoria de una vida y en la cual la escritura intenta ofrecer orden y coherencia a una existencia caótica en la que las ideas, casi fijas, sobre la emancipación de su patria, se entrelazan en un sentido opuesto al escritor relamido sumido en su estudio, o como escribe José Carlos De Nóbrega en un artículo sobre el libro de Téllez: “Sólo que el Miranda viajero y memorialista se desplaza a contracorriente del cronista de Indias o del intelectual romántico como Goethe: este blanco de orilla (proveniente de la periferia) posa sus ojos mestizos en el centro occidental del poder (Francia, España, Rusia o el imperio en ciernes que era entonces Estados Unidos) para encaminar su pulsión emancipadora. Detrás de las notas escuetas de este “agendario”, contentivas del hastío galante y diligente, se esconde un proyecto de liberación de la América Latina, cuyo aliento visionario y vanguardista calza con el grado cero de la escritura y, mejor aún, con la objetualización del pensamiento complejo de don Francisco”.
Dividido en varias partes (“Miranda por sí mismo”, “El Diario de viajes”, “La circunstancia: la enciclopedia”, “Miranda escritor”, “Los lectores de Miranda”, “Miranda lector”, “El Diario de viajes y la vida diaria”), todas se entrelazan para escrutar al Miranda escritor, a ese Miranda traspapelado en notas, lecturas, anotaciones, citas y bibliotecas. En la introducción, Téllez ofrece datos sobre el periplo de los archivos de Miranda desde su hallazgo hasta nuestros días, o como lo escribe el autor: “Una vez detenido por los españoles, su archivo (que contiene el diario de viajes) pasó de Curazao a Inglaterra, a la mansión de Lord Bathurst, el ministro británico de Guerra y Colonias: ‘Azares del destino; la misma corbeta británica que en 1810 los trajo de Inglaterra a Venezuela, es la que ahora los lleva hacia lo desconocido’ (Pi-Sunyer, 1969). Permanecerían olvidados hasta 1922 cuando son hallados por el investigador William Spence Robertson, escocés que se doctoró en Yale con una tesis sobre Miranda. Se sabía de la existencia del archivo, en el pasado, y se le creía irremediablemente perdido”.


Denzil Romero

Téllez acota que el Diario de viajes tiene un alcance de veinte años, “desde enero de 1771, cuando el joven Miranda hace sus primeras anota­ciones a bordo del navío que lo lleva a España, hasta noviembre de 1790, cuando en Londres escribe ‘notas’ para el diario, que no alcanzará ya a desarrollar (Castillo, 1992). (…)Nos ocuparemos fundamentalmente, no de los veinte años del Diario de viajes, sino de los diarios ‘americano’, y del ‘europeo’, que suma cuatro años. Refiriéndose al lapso que va de 1785 a 1789…”.

Dos de los apartes más relevantes de libro sin duda son “Miranda escritor” y “El Diario de viajes y la vida diaria”. En “Miranda escritor”, Téllez señala la poca importancia que han tenido en nuestras letras los valores del sempiterno héroe como escritor, y a este respecto señala: “El Diario de viajes está dentro de la madurez de su autor. Pero una cosa es su vida y otra sus palabras. Miranda es un autor que ha sido novelado, biografiado, poetizado, pero todavía espera por una valoración literaria amplia. Ya dijimos que su nombre no aparece en diccionarios de literatura como el Diccionario enciclopédico de las letras de América Latina, una coedición de Ayacucho con Monte Ávila, ni siquiera aparece en el Diccionario general de la literatura venezolana editado por el prestigioso Instituto de Investigaciones Literarias Gonzalo Picón Febres, de la Universidad de los Andes, tampoco en el Diccionario Oxford de literatura española e hispanoamericana. En el prólogo a la edición de su antología del Diario de viajes, en Monte Ávila, Castillo Didier cita los precedentes de Mario Sánchez Barba y de Henríquez Ureña en la valoración literaria del Diario de viajes (…)”.

Los diarios de viaje hoy día se pueden considerar un género literario en sí mismo y su importancia radica, más allá de los méritos literarios que puedan tener, en esa visión abarcante de los lugares que visita el viajero, de todo aquello que le sucede y de la gente, con sus costumbres, de todo tipo que conoce en su travesía.



Luis Alburquerque, en su texto Los “libros de viaje” como género literario, escribe: “Los ‘libros de viajes’ reflejan, en cierta manera, los intereses, inquietudes y preocupaciones de cada época, cultura y situación implicadas en el itinerario abarcado por el relato. Además, el tipo de información proporcionada por el viajero/escritor es bidireccional, es decir, que ilustra tanto sobre la cultura visitada como sobre el bagaje cultural y los prejuicios del que visita. Este género literario apunta, por tanto, no sólo a la literatura de origen de autor sino también a la literatura de las culturas en él representada”. No por azar le dedica Téllez un apartado al Miranda lector y en la que destaca su lectura de la Enciclopedia de Diderot y d’Alembert como una de las fuentes inspiradoras para sus diarios: “El Diario de viajes será semienciclopédico, semiconfesional. Las tareas de Miranda en su Diario de viajes son las del hacedor de un espejo de su tiempo donde él también se refleja (como lo vio Sánchez-Barba), una enciclopedia ‘personal’ de su tiempo vital y, como tal, imagen de su universo: no se trata de un encadenamiento, sino del ‘circular’ (transitar) de un hombre sobre el conocimiento de su sociedad”. Todo esto va sumando puntos para una valoración más literaria que de hemeroteca de los diarios de viajes; por eso, Téllez insiste: “El análisis del Diario de viajes destacará dos aspectos —en verdad indisolubles— con el fin de aproximarnos a su peculiar estilo. Uno es el ya mencionado discurso ‘de efecto enciclopédico’, el otro es el ‘grado cero’ de su escritura: ‘ruda, llana, sin brillo’, un estilo que parece brillar por la ausencia de ‘esti­lo’, parafraseando a Barthes y a Tácito”.


Pedro Téllez. Fotografía de Yuri Valecillo

De igual modo, Téllez especula que Miranda debió conocer el breve ensayo de Bacon “De los viajes”, en el que señala algunos aspectos que debe contener todo diario de viajes como observar las cortes de los príncipes, los tribunales de justicia, las iglesias, etc. Téllez escribe: “Miranda debió conocer el texto de Bacon, tal vez le siguió al pie de la letra. Pero también prefigura el posterior diario de Perec, un autor de nuestros días”.

En el aparte “El diario de viajes y la vida diaria”, Téllez desmenuza la mirada a la cotidianidad de los lugares que visita Miranda, su capacidad de observación de los nobles que lo reciben, de las ceremonias de las cortes o las actividades religiosas. Como actor foráneo Miranda resulta para los demás como un bicho extraño que es necesario vigilar. En su travesía se le confunde como traidor, espía y un sinnúmero de facetas de alguien que está como husmeando en todo aquello que le llama atención. Téllez escribe: “El extraño, el viajero, Miranda, observador-observado que debe ofrecer una identidad, y ésta está contenida en su Diario de viajes con cuyos cuadernos se desplaza. Miranda ‘lleva y trae’ información, muchas veces es confundido con un espía y como tal se le espía a él. El Diario de viajes es una memoria portátil que le proporciona una identidad en el viaje mismo”.


Arturo Michelena

Este libro de Pedro Téllez, El Diario de viajes de Francisco de Miranda, intenta ser una aproximación por darle estatura de escritor importante a Miranda, de sacarlo de su nicho de héroe ditirámbico para proporcionarle sus justos méritos como escritor que a fin de cuentas inició un estilo, o como lo escribe Federico Guzmán Rubio: “En los diarios que agrupan varios años es posible extraer las entradas relativas a un viaje, que forman un conjunto con plena autonomía. Aunque los ejemplos no abundan en la literatura latinoamericana, se han publicado algunos volúmenes que siguen este patrón, como Unos días en Brasil: diario de viaje (1991), de Adolfo Bioy Casares. Más numerosos son los casos en los que la totalidad del diario se ajusta a un viaje y, de hecho, resulta posible identificar un subgénero bien delimitado: el diario de viaje. Al igual que en la autobiografía, este subgénero nació en la América Latina republicana de la mano de uno de los héroes de la independencia, el venezolano Francisco de Miranda”.
Este Miranda entre papeles, cartas, mapas y libros, nos dice mucho de una personalidad intelectual que buscó un medio para expresarse desde lo heterogéneo y concibiendo así un artilugio literario, si no nuevo, bastante flexible. Los papeles de Miranda se publicaron no por algún interés literario, sino como una nota exótica a pie de página de la historia oficial; además esto les permitió a los ensopados historiadores conocer la vida privada de un prócer de nuestra independencia. Quizá debido a esto se le haya prestado poca atención a los diarios como materia de estudio literario. Este Miranda, que ha traspapelado Pedro Téllez, configura en sí un escritor fronterizo y que tuvo dominio de un género que hoy, con la explosión de la Internet y los blogs, espera nuevos despertares y nuevas valoraciones críticas.


Tomado de Letralia

Puedes leer en linea o descargar el libro a  continuación:

 


Descarga el libro Los Diarios de Viajes de Francisco de Miranda Pulsando Aquí o aquí.

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Carlos Yusti en Barcelona, con la estatua de Colon al fondo, al final de la Rambla donde desemboca en el puerto.



Carlos Yusti (Valencia, 1959). Es pintor y escritor. Ha publicado los libros Pocaterra y su mundo (Ediciones de la Secretaría de Cultura de Carabobo, 1991); Vírgenes necias (Fondo Editorial Predios, 1994) y De ciertos peces voladores (1997). En 1996 obtuvo el Premio de Ensayo de la Casa de Cultura “Miguel Ramón Utrera” con el libro Cuaderno de Argonauta. En el 2006 ganó la IV Bienal de Literatura “Antonio Arráiz”, en la categoría Crónica, por su libro Los sapos son príncipes y otras crónicas de ocasión. Como pintor ha realizado 40 exposiciones individuales. Fue el director editorial de las revistas impresas Fauna Urbana y Fauna Nocturna. Colabora con las publicaciones  El correo del Caroní en Guayana y  el Notitarde en Valencia y la revista Rasmia. Coordina la página web de arte y literatura Códice y Arte Literal


 Tomado de Letralia



viernes, 26 de mayo de 2017

LA ÚLTIMA DEFENSA, por Guillermo J. Moreno R.



Estimados Liponautas

Hoy compartimos con ustedes un relato de nuestro amigo Guillermo Moreno.

Deseamos disfruten de la lectura.



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Saktar, Capitán del Septuagésimo Regimiento de las fuerzas conquistadoras de los rakshasa, el primero en asaltar Uras, azote de los annuna y los asura, estaba asustado hasta los huesos. Frente a él se hallaba el cadáver de un musgir, el arma biológica por excelencia de las nobles familias de la Entropía. Una criatura gigantesca que sembraba el temor en el campo de batalla, cuya sola mención hacía que los soldados rasos a través de toda la galaxia perdieran el control de sus esfínteres. Su nombre no era mentado a la ligera, y solía usarse para asustar a los esclavos levantiscos; pero a pesar de ello yacía allí, destripada y sangrando.

Saktar se forzó a levantar la mirada, mientras por su mente rondaba una sola pregunta: ¿Qué clase de bestia puede matar a un musgir tan rápido? La respuesta le llegó a través de una voz metálica.

—¿Qué sigue ahora, Darney el Dinosaurio? ¿Juegas con nosotros o te apartas del camino? —La voz provenía de un chimpancé, vestido a usanza de los antiguos ugubi, que portaba un rifle más grande que él.

—No seas grosero, Toby —replicó una voz grave y natural. Saktar se dirigió a ella, el visor de su armadura lo identificó como un ugubi, la forma despectiva para referirse a los humanos, los nativos de Uras.

—¿Cómo es posible? ¿La guerra con los annuna devolvió a los ugubi a la edad de piedra?

—Los ugubi y las cucarachas tenemos algo en común, siempre nos las arreglamos para sobrevivir —respondió el hombre con una sonrisa y luego hizo una reverencia—. Mi nombres es Mayor Roberto Martins, de la Real Fuerza Aérea de su Majestad el Rey William de Inglaterra, y Capitán comisionado de las Fuerzas Conjuntas de la Unión Europea.

—¡Hablaste en emesá!

—Sí, me desenvuelvo con soltura. También hablo fluidamente en castellano, portugués y yoruba; este último me lo enseñó mi abuela, por eso de mantener las raíces. —Realizó un movimiento de muñeca, y rápidamente surgió un escudo redondo con la bandera de Gran Bretaña.

—Deja la cháchara, Roberto —replicó Toby—. ¿El lagarto se quitará o peleará? —La pregunta del chimpancé fue acompaña por un rugido tras ellos.

—Mi buen Toby, no hace falta ser grosero y despectivo —soltó Roberto. Luego volteó el rostro hacia el gigantesco oso pardo a sus espaldas—: Camarada Boris, no imites las malas costumbres de este primate.

—Que te den por las cuatro letras, Roberto.

Saktar aprovechó la disputa entre aquel grupo variopinto para pasar revista a las fuerzas de aquella base. Lo que le enseñó su asistente personal heló aun más su sangre. El perímetro de la base había sido desmontado con eficacia, sin destruir las cámaras, sensores y drones. La mayoría de los soldados del regimiento yacían muertos y esparcidos por los patios y alrededores, las pocas fuerzas que quedaban estaban asustadas o resolviendo problemas estructurales de la base. Y por último, los oficiales se encontraban defendiendo puntos claves de la instalación de acuerdo a los protocolos.

—¿Cómo pudieron? —Levantó la vista y los escaneó con su asistente. El hombre llamado Roberto parecía normal, salvo por el armamento que portaba, que no coincidía con el estado de la tecnología ugubi antes de la guerra con los annuna. El chimpancé, que vestía como un soldado, también poseía un armamento superior y una especie de collar que traducía los gestos que hacía con los labios; el brillo en sus ojos y el manejo de las herramientas indicaban que era un animal elevado a través de la bioingeniería. Miró al oso y el sensor le indicó que la criatura tenía implantes cibernéticos, y por los gruñidos y rugidos demostraba entender la conversación de los primates, así que el plantígrado estaba mejorado. De nuevo se preguntó cómo era posible todo eso. Luego reparó en dos figuras que se habían mantenido al margen. Los datos que le transmitió su sensor casi lo matan de un infarto.

Al lado de aquel trío se encontraban tres cánidos de gran tamaño. En la frente de cada uno había una especie de joya brillante, y de ellas surgían unos arcos de energías sutiles que se movían con gran velocidad, lo que indicaba que estaban conversando mentalmente. ¿Cómo era posible que un ser inferior fuera capaz de tal proeza? Junto a los mastines se hallaba una hembra humana de cabello escarlata, vestida con una tosca túnica y botas de piel, pero tenía en sus antebrazos unos ordenadores personales tan buenos como los suyos.

—Entre cielo y tierra hay muchos misterios que tu ciencia, con todas sus artimañas, no puede descifrar —dijo una voz sumamente educada en su mente, y supo que provenía de los canes, porque éstos movían sus rabos con frenesí.

Como movidos por una cuerda, todos los miembros de aquel grupo de desarrapados fijaron su atención en el rakshasa.

—Veo que descubrió por su cuenta al resto del grupo. —Roberto le sonrió—. Ella es Dédalo; sí, es un nombre extraño para una chica tan atractiva. Y ellos son…

—Sir Edward Pennyton de Collinwood, a sus servicios —resonó la educada voz de los perros, que hablaban como uno solo.

—¿Cómo es posible?

—Yo me hice la misma pregunta. Un día estás realizando un ataque conjunto con los rusos y americanos sobre los cielos de Siria, bombardeando a los muyahidines y derribando las aviones que le robaron al ejército iraquí, y al siguiente despiertas en un gigantesco tanque de agua. Descubres que estás a cientos de años de tu tiempo y casa. Luego, un científico salido de una mala película B te pone al mando de un grupo de “soldados de élite” y te dice: Ustedes son la Última Defensa del planeta Tierra.

Saktar retrocedió un poco, mientras hacía todos los esfuerzos para salir del shock. Cuando fue comisionado a tierra firme, le comunicaron varios rumores. Cuentos sobre armas y horrores que los desesperados ugubis habían desatado sobre los annuna, quimeras que descartó. Nada que los ugubis diseñaran podrá con las fuerzas rakshasa, dijo en aquel entonces. Nosotros eliminamos sistemáticamente a los annuna, que eran nuestra creación. Y azotamos con fuerza a los asura, que son nuestros creadores. ¡Somos dioses! ¡Qué inocente había sido!

—Sí, mi apreciado señor —resonó la voz en su mente—, somos el último as bajo la manga de la humanidad. Y le solicito encarecidamente que se haga a un lado y nos deje acceder al núcleo de su ordenador. No hace falta derramar más sangre.

—Habla por ti, pulgoso. Yo sí quiero hacer sangrar al lagarto —le atajó Toby—. Te quiero yo, y tú a mí, somos una familia feliz… Ven, bobozilla, dame un abrazo.

—Después de esta misión, usted y yo tendremos una larga conversación, señor mío.

—Como gustéis, Sir.

—Amigos, amigos; el señor Don Reptil pensará que somos un hatajo de salvajes.

—Por la expresión de asco y asombro, deduzco que lo piensa desde hace un buen rato —habló por fin la mujer—. Roberto, de verdad, necesito llegar a ese núcleo. El Caballero Negro se está acercando al punto de convergencia.

—Cierto, el satélite. —La actitud obsequiosa del Mayor cambió. De repente un brillo de malignidad, de primitivismo e ira irradió desde sus ojos—. Sir Edward y Toby, ustedes acompañen a Dédalo; usen fuerza letal para abrirse camino.

—Ya escuchaste, solo-vino.

—El camarada Boris y yo nos haremos cargo de nuestro anfitrión.

—Su armadura está potenciada por sus dones psíquicos —le advirtió Dédalo.

—No esperaba menos de un noble rakshasa.

Saktar dio un paso atrás y extrajo de su cinturón el mango de una espada. Bastó una palabra suya y surgió de éste una brillante hoja dorada, manifestación ectoplásmica de sus capacidades psíquicas, tan dura como su voluntad. Boris gruñó con fuerza.

—Sí, camarada. No es mi primer rodeo, el tuyo tampoco. ¡En guardia!

A una palabra suya, los miembros de aquel variopinto grupo se separaron y pusieron en marcha. Unos a la derecha, el gigantesco oso a la izquierda y Roberto, con la Unión Jack en el escudo, fue directamente al frente. Algo le dijo a Saktar que estaba perdido.

* * *

El Caballero Negro, un objeto flotante que se encontraba en la atmósfera intermedia de la Tierra. Aquél que durante la era de esplendor de los hombres y la Internet había sido blanco de incontables especulaciones por parte de los conspiranoicos. Un extraño y paradójico constructo que se había posicionado sobre la base de Saktar en alguna parte de la región del Cáucaso. Desde el techo del edificio surgió una extraña antena de cristal que brillaba de forma intermitente. Roberto imaginaba un rayo de energía que salía disparado desde allí hasta el satélite, y de éste al resto de los Caballeros en la atmósfera. ¿Qué información transmitiría?, se preguntó, y la respuesta brotó con premura desde el fondo de su mente, tal como Dédalo se lo había explicado una y otra vez después de sus cálidos encuentros nocturnos.

—El Caballero Negro emitirá una señal de alta frecuencia, que estimulará algunas partes de los cerebros de la mayoría de los mamíferos. Este estímulo, a su vez, activaría ciertas partes del ADN de los animales, obligándolos a mutar. En poco tiempo, la mayoría de los mamíferos del planeta serán prolíficos, y muchos de ellos en pocas generaciones desarrollarán las capacidades cognoscitivas que hicieron del homínido el Señor de la Tierra.

—¿Un mundo lleno de Edwards y Tobys?

—En efecto.

—Siento escalofríos en las falangetas con solo pensarlo.

—Yo también, pero será problema de los lagartos.

—¿Qué será de los hombres?

—Nuestro turno al bate pasó, lo echamos a perder. Es hora de pasar el testigo a otros.

—Esto es como activar el sistema inmunológico del planeta.

—Yo no lo habría dicho mejor. Descansa.

—Te amo.

—Yo más.

* * *

Saktar, Capitán del de Septuagésimo regimiento de las fuerzas conquistadoras de los rakshasa, el primero en asaltar Uras, azote de los annuna y los asura, estaba muriendo. Mientras la vida abandonaba su maltrecho cuerpo, el hálito de vida se escapaba por sus ollares y la luz menguaba en sus ojos, el temible guerrero reptiliano hizo acopio de voluntad. Concentró toda su energía mental en un pensamiento. Hiló las ideas en frases, formó las imágenes y los sonidos, lo más detallados posibles. Lo unió todo en un solo bloque y lo concentró en un punto de su mente… Luego, haciendo acopio de las fuerzas que le quedaban, lo disparó al éter.

—Escuchad, hermanos míos, yo, Saktar, Capitán del de Septuagésimo regimiento de las fuerzas conquistadoras de los rakshasa, el primero en asaltar Uras, azote de los annuna y los asura, os advierto, movido por el deber para con mi sangre, que los ugubi nos han jugado una mala pasada, amparados en nuestro orgullo. Han liberado un nuevo horror, uno como nunca se ha visto, uno que sería la delicia de los kadistu, constructores de vida, una última defensa… Le han enseñado a Uras a defenderse a sí misma. Uras ya no es segura.

© 2017 Guillermo J. Moreno R.

Tomado de FORJADORES

PERFIL DEL FORJADOR



GUILLERMO J. MORENO R.

Venezolano nacido en Petare, 1983. Licenciado en Estudios Políticos y Administrativos, egresado de la Universidad Central de Venezuela. Como todo aquel que descubre el amor por la lectura a tierna edad, Guillermo no tardó en saltar al mundo de la escritura, y sería gracias a la Red 2.0 donde encontraría el espacio donde expresarse y entrar en contacto con personas que compartían los mismos gustos e inquietudes. Sería a través de su blog: La Antesala al Portal Oscuro, y las colaboraciones realizada en el blog La Cueva del Lobo donde se daría a conocer, pero su oportunidad llegaría a través de la página de Fanfiction Action Tales, quienes le permitieron participar en la Antología de Relatos Pulps: Action Tales, publicada por la editorial española: Dlorean y luego la Antología Western: Western Tales de la misma compañía. Guillermo es un autor que sorprende por su versatilidad, como puede escribir un relato fantástico con elfos y dragones, puede hacer le frente a uno de ciencia ficción donde, sin pudor, mezcla elemento del cine negro. Claro ejemplo de su constante búsqueda de estilo propio y una pasión por la escritura combinada con un deseo superación.